Francisco J. 曹 Tsao Santín : LaNoche

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La Noche


La pequeña pero laboriosa araña que hace tiempo se asentó en la esquina de la habitación parece que ha decidido, una noche más, no dormir y hacerme compañía. A pesar de que, no son horas ya, para estar despierto para la mayoría de los mortales.

He abierto la ventana, intentando que al menos parte del calor que se ha encariñado a lo largo del día en casa, busque mejor lugar para refugiarse. Un agradable silencio pasea por encima de los tejados del puñado de casas que descubro siempre tan iguales, siempre tan distintas, como una buena película, antes de ponerme a estudiar. Una noche más, mi viejo flexo hará preguntarse al insomne ladrón de neveras quién narices le hace competencia desleal hasta el amanecer. Pero eso será más tarde. Por ahora sólo me escondo en la oscuridad quebrada por el monitor de mi máquina, y los cristales de mis gafas reflejan el trabajo de las celosas farolas guardianas que delatan la paz de las calles del pueblo.

El ritmo de la madrugada lo marca en la lejanía, el mar, arrastrándose cual náufrago aferrándose a cada palmo de playa, allá donde no llega la vida de las luminarias. El compás se pierde cuando algún coche que atraviesa el viejo puente romano, o el no tan viejo viaducto de la autopista, intenta pasar desapercibido entre el relajante murmullo de las olas. No hay prisa, ¿a dónde quieres ir a estas horas?...quizás, a buscar dulces palabras entre cálidos (que no ardientes) brazos...

Una silueta familiar atraviesa la placita. Es Elvira, la vecina de la escalera de al lado. Viene de cerrar su pequeño restaurante italiano. Su paso cansino me cuenta que ha sido un día duro. Si alzara la vista me saludaría, pero prefiere compartir un poco de su cena que trae en una bolsa de supermercado, con la gata de retazos marrones y negros que últimamente frecuenta nuestros portales. Una noche más, será el único ser viviente que la ayude a acabarse su (estupenda) lasaña, desde que su hija se fue a trabajar a Mallorca. Sin que lo sepa, yo comparto mi soledad con ella.

En el contrabajo de Paul Chambers late el único corazón de la estancia. Y las notas "flamencas" que desgarra John Coltrane de su saxo, recordándole a Miles Davis que están vivos, juegan a retorcerse entre el vapor de una taza de té verde recién hecha, entre el humo de un cigarrillo que muere entre mis dedos. Siento como la estupenda mezcla se diluye en el infinito. Ya pocas veces podré repetir este sencillo ritual, porque en unos días tendré que descubrir qué tal se estudia en una habitación en la otra punta de la casa. Pero, como cada momento, intenso e irrepetible, hoy me aferro a mis divagaciones... en el blues de una noche más.

u.p.m., julio de 2004
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