Del hondo del pecho profundo gemido,
Crujido del vaso que estalla al dolor,
Que apenas medroso lastima el oído,
Pero que punzante rasga el corazón,
Gemido de amargo recuerdo pasado,
De pena presente, de incierto pesar,
Mortífero aliento, veneno exhalado
Del que encubre el alma ponzoñoso mar,
Gemido de muerte lanzó, y silenciosa
La blanca figura su pie resbaló,
Cual mueve sus alas sílfide amorosa
Que apenas las aguas del lago rizó.
¡Ay! el que vió acaso perdida en un día
La dicha que eterna creyó el corazón,
Y en noche de nieblas y en honda agonía
En un mar sin playas muriendo quedó!…
Y solo y llevando consigo en su pecho,
Compañero eterno su dolor crüel,
El mágico encanto del alma deshecho,
Su pena, su amigo y su amante más fiel;
¡Miró sus suspiros llevarlos el viento,
Sus lágrimas tristes perderse en el mar,
Sin nadie que acuda ni entienda su acento,
Insensible el cielo y el mundo a su mal!
Y ha visto la luna brillar en el cielo
Serena y en calma mientras él lloró,
Y ha visto los hombres pasar en el suelo
Y nadie a sus quejas los ojos volvió!
Y él mismo, la befa del mundo temblando,
Su pena en su pecho profunda escondió,
Y dentro en su alma su llanto tragando
Con falsa sonrisa su labio vistió!!…
¡Ay! quien ha contado las horas que fueron,
Horas otro tiempo que abrevió el placer,
Y hoy solo y llorando piensa como huyeron
Con ellas por siempre las dichas de ayer;
Y aquellos placeres, que el triste ha perdido,
No huyeron del mundo, que en el mundo están;
Y él vive en el mundo do siempre ha vivido,
Y aquellos placeres para él no son ya!
¡Ay del que descubre por fin la mentira!
¡Ay del que la triste realidad palpó!
Del que el esqueleto de este mundo mira,
Y sus falsas galas loco le arrancó!…
¡Ay de aquel que vive sólo en lo pasado!
¡Ay del que su alma nutre en su pesar!
Las horas que huyeron llamará angustiado,
Las horas que huyeron jamás tornarán!…
Quien haya sufrido tan bárbaro duelo,
Quien noches enteras contó sin dormir
En lecho de espinas, maldiciendo al cielo,
Horas sempiternas de ansiedad sin fin….
Quien haya sentido quererse del pecho
Saltar a pedazos roto el corazón,
Crecer su delirio, crecer su despecho,
Al cuello cien nudos echarle el dolor,
Ponzoñoso lago de punzante hielo,
Sus lágrimas tristes que cuajó el pesar,
Reventando ahogarle, sin hallar consuelo,
Ni esperanza nunca, ni tregua en su afán.
Aquél, de la blanca fantasma el gemido,
Única respuesta que a Don Félix dió,
Hubiera, y su inmenso dolor, comprendido,
Hubiera pesado su inmenso valor.
José de Espronceda